“El conocimiento cuando aparece por primera vez, no siempre llega con palabras. A veces llega con asombro.” (p.14)
La curiosidad es un concepto vital en la educación y en las escuelas es una preocupación cotidiana que los docentes buscan promover y animar en sus estudiantes. Para la autora es “una fuerza que orienta la atención, prepara la memoria y vuelve valiosa una información que todavía no tenemos” (p. 135). A veces se confunde con la motivación, el interés o la participación, pero la primera es la que empuja hacia una meta, la segunda se refiere a sostener la atención y la última significa ponerse en movimiento.
Sin embargo, la curiosidad nos señala que algo falta, la brecha entre lo que sabemos y lo que queremos saber. Es una fuerza interna, una forma de motivación intrínseca que nos mueve porque algo en el mundo nos llama a partir de la propia experiencia.
Aunque a veces se le confunde con tener ganas, la curiosidad va más allá porque enciende la necesidad de explorar una información, una explicación. Cuando sucede esto se puede dar desde dos dimensiones: 1) curiosidad perceptiva, cuando se orienta a estímulos nuevos e intensos y; 2) curiosidad epistémica, cuando se orienta a ideas, explicaciones o significados. Esta clasificación es para fines didácticos porque en la realidad ambos tipos no funcionan por separado y pueden superponerse, encadenarse y alimentarse mutuamente. Ambas se tienen la una a la otra, por ejemplo, un sonido o un objeto extraño pueden dar origen a una pregunta, así como una explicación lleva al inicio.
La curiosidad no nace o se acciona desde la total ignorancia, se gatilla cuando se sabe lo suficiente para darnos cuenta de que falta algo. La incomodidad de no saber algo se llena de preguntas, pero no de cualquier pregunta. Por ejemplo, ¿sabías que?… una pregunta de fácil respuesta aburre, una demasiado difícil, aleja. Educar la curiosidad requiere de una pregunta que la sostenga, necesita de cuidado, libros, contexto, lenguaje y compañía. En educación “una sala puede estar llena de movimiento y no dejar ninguna pregunta viva y otra puede parecer tranquila, incluso modesta, y estar produciendo una reorganización profunda” (p.47) y este fenómeno lo podemos relacionar con ciertas prácticas al interior del aula que matan la curiosidad.
Al menos se pueden distinguir tres prácticas de aprendizaje que bloquean la curiosidad. La primera es cuando se hace una pregunta a un estudiante y antes de que responda, el docente da la respuesta o la completa. La autora lo llama spoiler académico porque al estudiante se le entrega una información antes de tiempo, sin dejar el espacio para pensar y tratar de encontrarla por sí mismo. Una segunda práctica errónea se da en torno a la estrategia de levantar conocimientos previos que en sí es una práctica valiosa, pero cuando se trata de hacer preguntas cerradas y memorísticas, cuando se vuelve un trámite de apertura, como algo anterior al aprendizaje, inmediatamente la curiosidad se pierde. Una tercera práctica es el uso del error: “el error surge cuando el resultado real difiere de lo esperado” (p.77). En la cultura escolar el error es penalizado y no se le considera una fuente de aprendizaje ni menos una forma de promover la curiosidad. Por lo tanto, aquí debe haber un cambio de la mirada para que el error se vuelva productivo, siempre que se cumplan tres condiciones, el estudiante debe comprender qué compara, reconocer en que se equivocó y tener una estructura para alojar la corrección.
La escuela sigue siendo el lugar, por antonomasia, donde se educa, se forma y se promueve la curiosidad, motor del aprendizaje mediante una secuencia precisa: “empieza cuando recuperamos lo que sabemos, notamos lo que falta y arriesgamos una explicación. Continúa cuando la realidad responde, corrige o desordena esa expectativa” (p.78). Sin embargo, esta secuencia es una base, una orientación y puede que en algunos momentos tenga cambios y deba adaptarse a cada realidad de los colegios, de los cursos y de las/os estudiantes.
En la última parte del libro hay un apartado sobre la curiosidad social, es decir como piensan, sienten y se comportan otras personas. Aquí se pueden distinguir dos formas, una abierta y general. La primera se refiere a conversar con alguien, hacer preguntas, observar hábitos, tratar de comprender su manera de actuar. La segunda, también denominada encubierta se refiere a escuchar una conversación ajena, mirar sin ser visto o buscar información que la persona no nos ha ofrecido directamente. Este querer conocer o relacionarnos con otros para obtener información también es una forma de aprendizaje pues nos permite beneficiarnos de experiencias que no vivimos, lo que se conoce como aprendizaje vicario. Indudablemente un aprendizaje así puede advertirnos de peligros o experiencias que no necesitamos vivir para saber que son peligrosas.
“Cerebro curioso. La ciencia y la vida detrás de las preguntas que nos mueven” es altamente recomendable para trabajar con los equipos docentes y con los estudiantes. Nos entrega información actualizada sobre los temas del cerebro y su relación con la enseñanza.
Título: Cerebro curioso. La ciencia y la vida detrás de las preguntas que nos mueven
Autor: Evelyn Cordero Roldán
Editorial: Diana
Año: octubre 2026
País: Santiago de Chile
Número de páginas: 158


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