“Un juez en los infiernos”, título de esta obra, nos describe la historia de vida y el carácter de Vicuña Mackenna en su oficio como historiador del devenir nacional que le tocó vivir (siglo XIX) en donde su persistente pasión por el pasado a partir de los documentos, testimonios, objetos o visitas a los cementerios forman parte de lo que llama “una suerte de coloquio con los muertos; incluso describió su oficio de biógrafo como un acto mediúnico: dar voz a las tumbas.” (p.67) y de esta manera ser la autoridad para señalar quienes de estas figuras tenían el derecho a ser recordadas y exaltadas para el desarrollo de nuestra historia nacional. Sin duda, este papel que se autodesignó lo convirtió en torrentes de tinta que dieron origen a una ingente obra histórica muy extensa y heterogénea.
La vida de Vicuña Mackenna fue un intenso hacer en todos los sentidos, Manuel Vicuña lo califica de “multidimensional y el más polifacético de los autores chilenos del siglo XIX” (p.11) con una capacidad de trabajo muy superior al promedio. Ya a los 34 años su cuerpo resentía este activismo dejándolo postrado por un tiempo hasta que se recuperó finalmente. Tarea que lo convirtió en uno de los grandes personajes de la segunda mitad del siglo XIX en Chile, pero injustamente relegado a un segundo plano ante figuras legendarias como Arturo Prat o José Balmaceda cuyas muertes trágicas los volvieron leyendas señeras en el firmamento de la Historia de Chile. Morir en forma trágica le da un aura de inmortalidad a los personajes, independiente de las características y lo que haya realizado la persona. En el caso de Vicuña Mackenna no se cumplió pues murió de edad avanzada.
Su gran pasión fue el rescate del pasado histórico de nuestra patria, ya sea los restos de los grandes personajes de la historia de Chile, como en el caso del Abate Juan Ignacio Molina, el jesuita chileno muerto en el destierro. En su estadía en Bolonia Italia, hizo las gestiones para expatriar los restos de Molina. Luego “el joven desterrado no se cansa de inspeccionar cementerios y husmear tumbas de personajes históricos” (p.21) en lo que el autor denomina su pasión necrofílica. Como cronista mantuvo una sistemática redacción de biografías “inmersas en la corriente del elitismo político masculino común en el siglo XIX” (p.23). Así perseveró en la redacción de biografías de los grandes hombres (próceres, patriotas) como su abuelo Juan Mackenna, los hermanos Carrera, O’Higgins, San Martin y la primera biografía de Portales. Contando para dicha labor con fuentes orales claves como ser nieto por el lado paterno de un diputado del Primer Congreso Nacional. Por el lado materno era nieto de un héroe de la Independencia e integrante de una familia prominente del círculo político y elitista en Santiago: “Se va convirtiendo en un mediador directo entre la memoria oral de los actores y la historia como elaboración escrita a partir de los testimonios del pasado.” (p.25) .
Notable buscador de tesoros en los archivos en sus viajes por Europa y América, rescató y mandó a copiar una ingente cantidad de archivos relacionados con nuestra historia. En esta obsesión, por ejemplo, adquirió por iniciativa propia el manuscrito general del reino de Chile del Padre Rosales. Desarrolló todo un proceso de acopio documental en el convencimiento que era una carrera contra el tiempo, “todo para evitar la destrucción de fuentes, de manuscritos, en extremo vulnerables a los estragos de la naturaleza y los azares de la vida social.” (p.35). También en esta tarea de sostener la memoria histórica se valió de la prensa y comenzó a publicar documentos originales, en otros casos solicitaba a través de esta a sus lectores, que le aportaran nuevos antecedentes o documentos. La idea era generar una comunidad de lectores organizados en torno a los periódicos. En términos concretos hizo uso del folletín en los diarios, de manera de privilegiar la publicación de textos de historia por entregas.
Esta memoria que desarrolla Vicuña Mackenna estaba en el contexto de una pedagogía política, “aplicándose a la creación de una historia canónica sustentada en la glorificación de los héroes militares y cívicos.” (p.79). El autor nos señala que Vicuña Mackenna redimió a figuras de uno y otro bando tratando de trascender las divisiones políticas y la rencillas familiares, lo que inspiró su pasión documental la cual volcó en sus escritos apoyados por una profusión de fuentes. Sus obsesiones lo llevaron a convertirse en la autoridad frente a la historia y a sus personajes. Pero este quehacer e impronta histórica que intentaba plasmar, se trasladó a la acción política en donde ocupó diversos cargos, como Intendente de Santiago y que en su mayor apogeo como figura de poder lo llevaron a ser candidato a Presidente de la República. Revolucionario que participó en la acciones armadas de 1851 y 1858 que lo llevaron a ser desterrado en diversas oportunidades del país. Participó de la Sociedad de la Igualdad de la cual sería posteriormente uno de sus grandes críticos. Un personaje fascinante cuya vida fue dirigida por sus ideales liberales que traspasó a todas las dimensiones de la vida. Un libro muy recomendado.
Título: Un juez en los infiernos
Benjamín Vicuña Mackenna
Autor: Manuel Vicuña
Editorial: Crítica
Año: Marzo 2026
País: Santiago de Chile
Número de páginas: 199


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