Reseña Vulnerables 

                  Los seres humanos creemos que somos más racionales de lo que realmente somos. Un día decidimos creer que la racionalidad era uno de nuestros rasgos diferenciadores, pero lo cierto es que la evidencia ha mostrado todo lo contrario. Tomamos decisiones basados en, por ejemplo, la pertenencia a nuestro grupo, nuestras creencias o nuestras emociones. Admitir que somos seres donde la racionalidad no es el elemento que guía nuestras decisiones es aceptar nuestra vulnerabilidad.

                  La vulnerabilidad nos recuerda nuestras fragilidades y en el libro “Vulnerables” de Facundo Manes y Mateo Niro se reflexiona acerca de las más importantes en nuestra época, por ejemplo, el primer apartado es sobre tomar decisiones en momentos de incertidumbre, pero también se reflexiona sobre la salud mental como un estigma, la niñez, la juventud, la hiperconectividad, el bienestar laboral en el siglo XXI y más. Es un libro de 166 páginas con un lenguaje sencillo, pero no por ello deja de ser denso. En cada página encontraremos mucho sobre lo que reflexionar. Entendernos vulnerables es aceptar algo que podría ser difícil de admitir y a nuestro cerebro no le gusta que le lleven la contraria, así que es un libro que recomendamos leer con calma y con mucho análisis crítico, que es lo que más necesitamos en estos tiempos.

                  Los autores exponen que actualmente vivimos en un tiempo de zozobra, concepto que se toma desde el mundo náutico donde un barco oscila de un lado a otro, no se hunde, pero tampoco se queda quieto y actualmente estamos en una época donde nuestros referentes han caído y donde estamos expuestos a tanta información que nos sentimos abrumados. Nuestro cerebro siempre ha sido capaz de tomar decisiones con pocos datos, pero en la actualidad estamos sometidos a un estrés e incertidumbre permanente que complejizan nuestra vida y nos ponen de frente con tener que decidir constantemente: “Cada decisión implica aceptar que no controlamos todas las variables, que actuamos con información incompleta y que siempre existe la posibilidad de equivocarnos. Incluso cuando analizamos cuidadosamente una situación, el futuro conserva un margen inevitable de indeterminación.” (p. 21). Cuando el cerebro se siente abrumado, la toma de las decisiones se realiza con más velocidad: “La mente busca respuestas claras, certezas rápidas y explicaciones simples que devuelvan la sensación de control. En este contexto resultan más atractivas las interpretaciones reduccionistas, las narrativas que promueven las soluciones inmediatas o los discursos que dividen el mundo en categorías tajantes” (p. 27). En estos tiempos necesitamos realizar un trabajo interno de comprender como tomamos las decisiones porque nuestro cerebro es increíble, pero sus mismas capacidades nos pueden afectar negativamente y, por eso, debemos estar atentos. Muchas veces tomamos las decisiones para no afectar nuestra posición en la tribu y es que quizás en esta época en que tenemos que prender las alarmas para no dejarnos guiar por discursos simplistas que prometen soluciones rápidas cuando quienes los promueven no saben que nos depara el futuro o desconocen evidencias científicas que implicarían tomar caminos más lentos o difíciles.

                  Luego viene un capítulo referido a la salud mental y sobre cómo se han instalado discursos que muchas veces simplifican conceptos que eran médicos y los transforman al lenguaje cotidiano quitando peso a lo que realmente significa tener condiciones mentales que deben ser medicadas. Acá se lucha contra el estigma de tener una condición mental y de que, como el lenguaje llama a cualquier pena, depresión, a cualquier alteración de ánimo habitual la llama bipolaridad, y que las personas que enfrentan una condición (además que no se las intente comprender) se las juzgue por no poder manejar sus síntomas como una persona que no tiene alguna de éstas.

                  Pasamos a dos capítulos sobre la infancia y la juventud, sobre la importancia de que, en este periodo, en que existe una mayor plasticidad podamos intervenir, pero desde el respeto y el cuidado porque, “La vulnerabilidad infantil, lejos de ser una falla que deba corregirse, forma parte constitutiva del desarrollo humano.” (p. 81) y como tutores no tenemos porque ser perfectos o saberlo todo: “Del mismo modo, la vulnerabilidad de padres y cuidadores (…) puede convertirse en una fuente de fortaleza informada, y disposición a pedir ayuda y en capacidad de construir redes de apoyo.” (p.82). Lo importante no es evitar que nuestros niños o jóvenes tengan problemas, sino enseñarles herramientas para manejar situaciones así.

                  Y con la última cita que habla de construir redes de apoyo aprovechamos de comentar un elemento que se desarrolla a lo largo de todo el libro: la sociedad y la comunidad. Vivimos en una sociedad donde las mejoras materiales no tienen precedentes y es donde se reporta más soledad e insatisfacción, pero también es erróneo pensar que ese desarrollo les llega a todos. La única forma de solucionar nuestros problemas es buscar soluciones comunitarias, es comprender que no somos entes aislados. Si un entorno nos facilita una conducta que nos dañe, probablemente la repetiremos. Si un entorno privilegia situaciones de desigualdad no importara la plasticidad de los cerebros de nuestros niños y adolescentes porque quienes sean pobres no podrán alcanzar jamás a quienes tienen todos los recursos para sacar su mayor potencial. La vulnerabilidad también nos tiene que hacer comprender que vivimos en una sociedad y que todos tenemos responsabilidad con los otros. Sin empatía no hay una salud mental sana porque somos seres sociables, nos gusta estar con otros y ser parte de la tribu.

                  La vulnerabilidad es una condición humana y vivimos en una época en que estamos de frente a tomar decisiones una y otra vez. Nuestros cerebros son maravillosos, pero también son capaces de hacer que caigamos una y otra vez en malas decisiones y es ahí donde discursos extremistas o de odio se apoderan del espacio social porque nos prometen soluciones fáciles -e irreales-. Estamos en una época de incertidumbre, pero puede ser un espacio para hacernos mejores, para cuestionarnos y para hacernos responsables no solo de nuestro bienestar sino de nuestra responsabilidad con la humanidad. Son 166 páginas, pero es un libro para pensar y repensar nuestra existencia, para compartirla con los demás y ponernos en acción.

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