Kyoko es originaria de Yonago, un lugar de Japón alejado de las grandes urbes, pero ella sueña con salir y, por eso, se instala en Tokio donde trabajará en una empresa internacional, lo que la llevará a cumplir uno de sus grandes sueños: viajar por el mundo. Kyoko es una mujer hermosa y talentosa, dedicada a su trabajo, a su imagen y a disfrutar de los viajes.
Sabemos que Kyoko tiene dos hermanos, pero se relaciona más con Anzu, su hermana que es dos años menor que ella, porque compartieron mucho más tiempo juntas. Sin embargo, Anzu es su opuesto. A diferencia de Kyoko, ella decide quedarse en Yonago y vivir una vida tranquila dedicada a la cerámica, que es un trabajo solitario. Por otro lado, le importa el matrimonio y el hogar, pero arreglarse la trae sin cuidado, de Anzu conoceremos su historia en Suzuran.
Kyoko no cree en el amor y, por lo mismo, prefiere relacionarse con hombres casados, pero no de los que prometen que se van a separar, sino de quienes asumen su infidelidad porque lo que ella quiere es práctico, una relación sin ataduras ni sentimentalismos. Conservar ante todo su independencia y, por ello, jamás los lleva a su casa.
La novela comienza presentándonos como Kyoko se relaciona con los hombres para dar paso a su relación laboral. Estamos en un punto en que todo se tambalea en su trabajo, pues se va su jefe que es excelente y con quien se entiende a la perfección, al que reemplazará un estadounidense que no tiene muchas habilidades como jefatura. Dada la importancia de lo laboral para Kyoko y también de su vida sexual, iremos viendo como estos dos elementos se entremezclan en su vida, las decisiones que toma para ir adentrándonos en su historia donde se dará paso a su familia.
Siendo una novela de apenas 200 páginas, Aki Shimazaki nos entrega un personaje marcado por su pasado familiar, que enfrenta un problema de la infancia de la mejor manera que puede, que se siente ajena a su familia no sólo por su deseo de vivir viajando, sino por no cumplir con las expectativas de su familia que esperan que se case, considerando que ya tiene 35 años, debería estarlo, pero ella no muestra interés. En “Una joven en Tokio”, Shimazaki nos atrapa con una historia simple, pero compleja a la vez. Al igual que en Suzuran, nos presenta un cuestionamiento al deber ser de la mujer. Por otro lado, nos muestra situaciones comunes de vida, como la de una mujer que privilegia su carrera y su vida, pero se adentra en la complejidad de las decisiones en los seres humanos, en que las acciones que nos guían son también parte de un constructo familiar. Una novela para devorar y seguir conociendo a la familia Nire.


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