“Una crece y, mientras se alarga el cuerpo, el ojo estrena una lupa que registra los pequeños detalles que eran irrelevantes en la infancia. Las imágenes surgen, flotan en la pantalla de la memoria, dejan caer el azúcar o el ácido lacerante” (p. 64)
Penélope se encuentra en Madrid cuando se declara el confinamiento. Ha ido a realizar trámites por la muerte de su madre y finiquitar los asuntos pendientes. El tiempo le parecía distinto antes, no tenía gran apuro por realizar la tarea de vaciar la casa de Valeria hasta que la encierran, lo que hace que se quede atrapada en los recuerdos de una persona a la que casi no conocía.
Desde el inicio comprendemos que esta relación madre e hija no fue fácil ni cercana. Valeria fue militante activa y fue parte de la Revolución que liberó a Nicaragua, pero también vivió para ver como ese sueño se convertía en una pesadilla. Penélope fue la hija que tuvo que ceder a su madre a la revolución, algo que no es que haya hecho por gusto y que la hizo cuestionarse por ser abandonada: “Yo pensaba que Valeria me quería intelectualmente, le gustaba la idea de tener una hija y pensar que me amaba, pero siento que no me veía.” (p.47). Desde lo afectivo, en Penélope siempre está la duda acerca del cariño y la sensación de orfandad, desde lo intelectual admira a su madre y su compromiso político que la hizo arriesgar su vida tantas veces. Valeria muchas veces la llevaba a reuniones, pero por no faltar no porque quisiera llevar a su hija. Penélope recuerda que incluso a veces cuando le decía que se iba a quedar con ella, Valeria esperaba a que estuviera dormida para salir, sin saber que su hija solo estaba simulando a sabiendas de lo que iba a ocurrir.
Valeria pierde su identidad cuando Ortega se afianza en el poder, traicionando todos los ideales por los que luchó y se marcha del país. Penélope se queda y hace su vida como académica y decide, como opción vital, no ser madre. En un minuto ella apoyará a los jóvenes que se manifiestan pacíficamente contra el Gobierno: “La preocupación por Nicaragua era endémica en mi vida.” (p. 58) piensa nuestra protagonista y es en parte heredada. Penélope en muchas cosas admira a su madre, mientras que en otras no la puede perdonar.
A medida que avanzan las páginas y Penélope va abriendo cajas y, con ello, recuerdos, Valeria va tomando voz, va develando sus recuerdos transcritos desde su vejez para no ser olvidada y para no olvidar. Para que lo vivido cobre sentido. También habrá otros temas, Ernesto, su pareja se encuentra en Nicaragua viviendo una situación completamente opuesta, allá está todo abierto y lo que sigue más vigente que nunca es la persecución política. Aparece en el vecindario Eugenia, una misteriosa amiga de Valeria y en la casa comenzarán a ocurrir hechos insospechados.
“Un silencio lleno de murmullos” es una novela con una prosa prácticamente poética que habla de los recuerdos y de los pensamientos, de todo lo que ocurre en esos silencios, que en el caso de Penélope se vinculan a la muerte y a la ausencia de su madre, a la imposibilidad de saber quién es Eugenia y al silencio del mundo durante el confinamiento. Es una obra llena de intrigas, acción y misterios por resolver. Llama a la vida y a perseguir los sueños por un mundo con mayor justicia social.
*Esta obra contiene escenas de carácter sexual explícitas.


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