“Cada día, oímos que nos dirigimos inexorablemente hacia un mundo mejor, y todo gracias a la llegada de unos avances tecnológicos sin precedentes” (p.11), esta postura que hoy parece un lugar común, es la que se conoce como tecnoptimismo. Forma de pensar que los autores de Poder y Progreso ponen en duda con una serie de evidencias y argumentos para explicar que no es la única forma de mirar el progreso, sino que existen otras ópticas alternativas que tienen menos prensa. Sin embargo, la mirada de la tecnología como fuente de progreso inagotable y de solución a todos los problemas es hegemónica en la actualidad, pero no significa que sea la correcta y no es inexorable. Como una de las tantas evidencias para cuestionar este optimismo en torno al desarrollo tecnológico señalan que en los últimos mil años de historia se han desarrollado y aplicado inventos que no trajeron nada parecido a la prosperidad compartida. Ejemplo, las innovaciones tecnológicas en el ámbito de la agricultura en la Edad Media, los avances en el diseño naval a finales de la Edad Media, la fábricas textiles en los primeros años de la Revolución Industrial, los primeros fertilizantes artificiales a finales del siglo XIX y los avances de la informática que han enriquecido, en todos los casos, a un pequeño grupo de emprendedores y magnates mientras la mayoría vieron caer sus ingreso o quedaron fuera del progreso.
Por otra parte, los autores señalan que “gran parte de la población mundial vive mejor que nuestros antepasados porque la ciudadanía y los trabajadores de las primeras sociedades industriales se organizaron, cuestionaron las decisiones de la élite sobre la tecnología y las condiciones laborales y forzaron la creación de nuevos mecanismos para repartir de forma más igualitaria los beneficios derivados de la innovación” (p.17). En este sentido, el progreso no es proceso automático y el actual tiene la característica de que esta enriqueciendo a un grupo muy reducido de emprendedores e inversores mientras que a la mayoría de la población obtiene escasos beneficios y carece de poder de decisión. Por lo tanto, es necesario que surja una nueva perspectiva sobre la tecnología con mirada inclusiva que pueda convertirse en una alternativa al pensamiento dominante actual. Que permita alejar el progreso tecnológico de la élite y genere un prosperidad general. Una situación difícil de llevar a cabo en la actualidad.
Otro elemento, que relevan en su análisis, es la preocupación por los efectos del progreso tecnológico en el empleo y es lo que John Maynard Keynes denominó en 1930 como desempleo tecnológico, que se explica como “la posibilidad de que los nuevos productos redujeran la necesidad de apoyo de mano de obra y nos llevara a un paro generalizado” (p.21). En la euforia del tecnoptimismo que imperaba en la segunda mitad del siglo XX, esta situación no representaba un problema pues siempre se confiaba que los nuevos artilugios tecnológicos, si bien reemplazarían mano de obra, generarían nuevas profesiones u oficios que se harían cargo de los desempleados. Pero hacia el 2007, en Estados Unidos, las personas que estaban fuera del mercado laboral duplicaban en cifras a las de 1960. La principal consecuencia asociada a lo anterior fue el aumento de la desigualdad que traen las nuevas tecnologías y que, por ahora, tienden a agudizarse. También se señaló que el aumento de la productividad de las empresas aumentaría el empleo, pero la realidad se ha mostrado el efecto contrario y circula por ahí un meme que señala: “La fábrica del futuro solo tendrá dos empleados, un hombre y un perro. El hombre se dedicará a dar de comer al perro. El perro se dedicará a impedir que el hombre toque la maquinaria” (p.26-27). La automatización a través de la incorporación de robot industriales ha subido la productividad media, pero esto no ha significado el aumento del empleo ¿Y cuál sería la alternativa a esta crisis?, los autores proponen que las decisiones se debieran tomar de manera colectiva como sociedad y no que ellas sean el resultado de un grupo reducido de emprendedores, ejecutivos o algunos políticos para decidir quién gana y quién pierde por la innovación tecnológica. Señalan asimismo que es fundamental controlar a esta oligarquía moderna ”y no sólo porque estemos al borde del precipicio” (p.45), porque en el contexto actual tenemos a nuestra disposición herramientas y tecnologías para potenciar todo lo que la humanidad es capaz de hacer, siempre y cuando esas herramientas trabajen por y para las personas. Y eso significa cuestionar la equivocada visión de mundo que tienen los actuales dirigentes tecnológicos.
Un libro que hace un cuestionamiento al tecnoptimismo y propone una alternativa a la visión de la idea de progreso y como se está llevando a la práctica por la élite tecnológica sin considerar a la sociedad en su conjunto. Lo importante es que el progreso que están trayendo estas herramientas tecnológicas sea parte de un proceso participativo social y en este lugar se radiquen las decisiones que nos afectaran en un futuro cercano. Más democracia y participación real de quienes somos afectados por este desarrollo. Menos vigilancia y control por parte de las grandes empresas de tecnología. Recomendado
Título: Poder y Progreso
Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad
Texto: Daron Acemoglu y Simón Johnson
Editor: Crítica
Año: noviembre de 2023
País: Uruguay
Número de páginas: 550


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