“Uno puede optar por retroceder hacia la seguridad o avanzar hacia el crecimiento. El crecimiento debe elegirse una y otra vez; el miedo debe superarse una y otra vez”
Abraham Maslow[1]
Evaluar es valorar, y cuando se realiza mediante una calificación hablamos de una evaluación sumativa y cuando el sentido es dar una retroalimentación sin calificar hablamos de una evaluación formativa. Ambos aspectos podrían considerarse no necesariamente complementarios y en el aula se suele dar una fuerte tendencia a la práctica evaluativa sumativa por sobre la formativa, tema en el cual podríamos enumerar múltiples factores que explican este escenario, como la forma en que están construidas las culturas escolares, la necesidad de cumplir con los programas escolares determinados desde el Mineduc o la necesidad de entregar una información cuantitativa que tanto anhelan y piden padres y apoderados para saber cómo ha ido avanzando su pupilo o pupila.
Lo anterior ha generado incentivos hacia la cuantificación del proceso educativo, el cual debe ser medido en forma exhaustiva para lograr determinar si nuestros estudiantes tuvieron aprendizajes. Pero aún con lo señalado, en los últimos 20 años los equipos docentes y directivos más los especialistas e investigadores han llegado, paulatinamente, a formarse la idea de que esta cultura cuantitativa no está dando los resultados esperados y en la ecuación del aprendizaje se está haciendo necesario abordar lo formativo y cualitativo con mayor fuerza lo que podría sintetizarse en la frase o el eslogan “menos notas y más retroalimentación”.
He aquí el sentido de la evaluación formativa, producir el aprendizaje desde el diálogo docente-estudiante, en donde hay una mutua retroalimentación que enriquezca la perspectiva de ambos actores educativos y produzca un circuito virtuoso de aprendizaje. Porque el aprendizaje no es un proceso lineal e inmediato, requiere de ensayo y error y de múltiples oportunidades para que el estudiante demuestre que está progresando en el desarrollo de la habilidad, conocimiento y actitud. Pero dicha tarea se hace al menos cuesta arriba si pedimos que la competencia que queremos instalar el estudiante la realice a la primera oportunidad y se aplica una calificación inmediata; y seguimos adelante porque el programa así lo determina. Esto, al menos, genera la siguiente pregunta, ¿cómo puedes mejorar si tienes una sola oportunidad para demostrar que has aprendido? Pensemos en los atletas que clasifican a los juegos olímpicos, estos se han entrenado muchos años, al menos cuatro para intentar ganar la medalla de oro, y la habilidad que ponen en juego la han practicado una y otra vez hasta lograr el desempeño más alto posible. Sin embargo, en el aula la práctica docente no se enfoca, necesariamente, desde esa dimensión de mejora continua, sino que se califica independiente del resultado del estudiante, pues hay que seguir adelante con el programa de estudio. Y aunque hoy es obligatorio por norma hacer un proceso remedial esto no significa, de forma cierta, que haya aprendizaje, sino que más bien se trata de mejorar una calificación para cumplir con una obligación pedagógica, pero desconocemos si el estudiante logró la meta u objetivo.
De esta manera la Evaluación formativa se convierte en la alternativa clave para salir de estos nudos que se van produciendo en el sistema educativo, en la escuela y en el aula. Transitamos desde una cultura basada exclusivamente en la calificación, en el producto final para equilibrar este proceso y mover la aguja de la educación hacia una cultura de la retroalimentación, del acompañamiento por parte de los docentes y, finalmente, del aprendizaje. Propósitos que se han visto reforzados desde la publicación del Decreto 67, que invita a un cambio de dichas culturas pedagógicas en donde el docente es el centro y la enseñanza lo más importante por sobre el aprendizaje; en donde el estudiante es una figura pasiva que recibe desde un monólogo docente bien intencionado, pero sin efectividad. La evaluación formativa coloca en el centro el aprendizaje, al estudiante en un contexto dialógico con el docente, donde ambos se retroalimentan y se estudia para aprender y no para la calificación, que deja de ser un elemento primario para ser secundario y solo cumple el papel informativo.
Estamos viviendo la Escuela en plenos cambios, difíciles, complejos y dolorosos, cambiar un paradigma a veces significa subir una montaña empinada e implica una actitud de querer cambiar y superar todo aquello que ya no da resultado, por algo mejor, pero es un proceso lento, en donde se debe invertir mucha energía personal y colectiva en forma simultánea. La evaluación formativa debe dejar de ser solo un discurso políticamente correcto y convertirse en una práctica real, en contexto porque al final del día nuestros estudiantes estarán viviendo el aprendizaje memorable que tanto queremos los docentes.
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[1] Tomado del libro La Evaluación formativa de Mariana Morales y Juan Fernández


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